Lectura Filipenses 1:3-11
Todos recordamos personas significativas de vez en cuando. Un lugar, un perfume, un libro, o una melodia traen a nuestra mente esos recuerdos cuando menos lo esperamos. Es como recibir la visita inesperada de aquellos que dejaron una huella en nuestra vida.
Sin embargo, no todas esas "visitas" son agradables. El recuerdo de algunas personas nos hiela el corazón, evocando experiencias amargas. De modo que por algún mecanismo que es un Don de Dios, tendemos a olvidarlas. Recordar personas que nos hicieron daño y mantener la vivencia constante puede ser muy destructivo.
Lo contrario sí es una bendición. La persona que nos ayudó, quien estuvo a nuestro lado consolándonos, el gesto de amor, la palabra oportuna, el abrazo cálido, son recuerdos que cuando nos visitan, llenan nuestra vida de agradecimiento y esperanza. Tal vez traigan un poco de nostalgia, pero siempre dejan un sentimiento dulce y reconfortante.
Al acordarse de los filipenses, Pablo daba gracias a Dios. ¿Sucederá igual cuando alguien nos rememora? Me duele imaginar que alguien al recordarme pueda sentirse herido, abandonado, o maltratado. ¡Pido a Dios perdón por ello!
Debemos vivir de tal manera que nuestro recuerdo alegre a las personas con quienes hemos tenido contacto. Eso no significara hacer concesiones o permitir a cada cual vivir a su antojo. A veces la confrontación y la reprensión oportuna ayudarán tanto a alguien, que nos recordará con agradecimiento toda la vida. Pidamos a Dios ser el recuerdo agradecido que llena de gozo la vida de aquellos, que cuando les tocó pasar a nuestro lado, fueron bendecidos por nuestra conducta.
(extraido de Aliemento para el Alma)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario